sábado, 26 de septiembre de 2015

Gonzalo Ramírez escribe sobre la obra completa de Maurizio Medo



Maurizio Medo: Cuando el destino dejó de ser una víspera
CUANDO LA POESÍA NOS PONE EN DIFICULTADES

Por Gonzalo Ramírez


                                                   A la memoria luminosa de Enrique Bacci, poeta, hermano

I

Dijo René Char para ayer, para hoy y para siempre: Lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideración, ni miramientos, ni paciencia. En un sentido muy genuino y, por eso mismo, en un sentido conflictivamente contemporáneo, la poesía de Maurizio Medo (1965) es inequívocamente perturbadora. En la relación de lectura que tengo con ella, me ha interpelado: me ha movido la piso y de qué manera. Es por eso que el devenir de la palabra poética de Medo, tal y como se nos aparece en Cuando el destino dejó de ser víspera (Poesía reunida 2005-2015), merece toda la consideración, todos los miramientos, toda la paciencia: no tengo la menor duda de que aquí nos encontramos con la poesía en una de sus realizaciones mayores dentro del actual contexto hispanoamericano.

Igualmente, no tengo la menor duda de que Cuando el destino dejó de ser víspera es un libro clave, un libro fundamental y decisivo para quienes leemos y escribimos poesía en este lado del mundo.

Antes de entrar en materia, y como inicio de este ejercicio de intervención quiero reconocer la deuda explícita que tengo con Jean Bollack en estas páginas: con su portentoso libro sobre Paul Celan Poesía contra poesía y también con todo lo dicho por este auténtico maestro en diversas entrevistas., Poesía contra poesía es un libro que subvierte radicalmente nuestros modos de leer poesía. Por eso mismo, he procurado darle máxima visibilidad a la honda huella que Bollack ha dejado en mí: lo hago a conciencia y sin atenerme a criterios de autoridad. Digámoslo así: uno tiene el derecho de elegir libremente a sus amautas y Bollack es uno de los que yo he elegido.




II

De entrada, quiero decir que no pretendo explicar este extraordinario libro que es Cuando el destino dejó de ser víspera ni dar cuenta de su intención. Eso queda descartado, o por lo menos no es algo sustantivo como disparador del deseo que me lleva a escribir estas páginas. En serio, espero no caer en las tentaciones explicativas, aunque nunca se sabe.

Lo que sí quiero o pretendo es intervenir con la mayor libertad posible, y ojalá también que con el mayor rigor, este libro porque me ha movido la admiración en este devenir de lectura a través de sus páginas. Un devenir que ha estado marcado por eso que René Char llamaba una inquietud preguntona.

En esta dinámica de intervención, el espacio a intervenir tiene voz y voto. Creo que hay que evitar rigurosamente un tentación tan arrogante como pretenciosa de una cierta y determinada manera de ejercer la crítica cuyas practicantes y cuyos practicantes son legión.  Tal tentación voy a enunciarla así basándome en Jean Bollack: a la poesía se le hace hablar o entonces no habla. Se le hace hablar, aclaro, desde el instrumental que yo manejo, haciéndole a entrar así sea a golpes dentro de él. A mí eso me parece una auténtica monstruosidad, y lo peor es que quienes la perpetran ignoran deliberadamente lo que hacen o, mejor dicho, lo que deshacen; ejercen una tremenda violencia sobre la materia de la que hablan sin que les importe. Dos versos del poeta sintetizan admirablemente esta cuestión:

Poesía se está callada, lejos, en una órbita
lejana al pago de alcabalas.

Y son muchas las alcabalas e innumerables las alcabaleras y los alcabaleros.

Vuelvo al asunto de cómo me planteo esta intervención ensayística. Sigo así: una dinámica de intervención requiere una constante puesta en abismo de la propia materia crítica. Tal puesta en abismo es condición de posibilidad de esta intervención ensayística. Por eso mismo, las digresiones y los rodeos van a ser constantes a lo largo de estas páginas.

Una puesta en abismo que parte de una premisa: en materia de poesía nada puede darse por sentado. Quiero evitar, o intento evitar, un error que se comete con demasiada frecuencia: la pretensión de creer que sabemos qué es leer poesía. Quiero o pretendo desmarcarme de tal pretensión. Como quien aprende a leer de otra manera, lejos de quienes creen que lo saben todo y se las saben todas. Es un leer exponiéndose porque la poesía de Maurizio Medo me interpela y me conmueve.

Se trata de abrir otro espacio de diálogo desde la certeza lezamiana de que leyendo, somos leídos. Por allí va la inflexión, las inflexiones, de la opción de lectura que pretendo materializar en estas páginas. Una opción de lectura que, seguramente, no va a estar libre de contradicciones y errores, cosa que pasa cuando uno entra a explorar un territorio nuevo. Y territorio nuevo es la poesía de Medo.

III

Entrar a explorar un territorio nuevo qué implica cuando hablamos de poesía: implica muchas cosas, ciertamente, y primero que nada nos pone ante la tremenda exigencia de aprender a leer nuevamente y de otra manera. Estar dispuesto o a dispuesta a aprender a leer es un elemento de aproximación que cuenta mucho. Diría más: es un elemento de aproximación ineludible. De ello se deriva otro valioso elemento de aproximación: la gran poesía crea sus propias condiciones de lectura; creer que es uno quien puede imponérselas es una falla en la que suele caer la mentalidad académica: se trata, por supuesto, de un ejercicio bastante estéril.

Un territorio nuevo en poesía no se conforma de la noche a la mañana. Este libro abarca una década de trabajo poético sostenido, consistente, riguroso. No creo exagerar al decir lo siguiente: la voz de Medo se ha convertido en una referencia sólida e indiscutible dentro de Nuestra América. Por eso mismo, la aparición de Cuando el destino dejó de ser víspera es, en mi criterio, un acontecimiento que debe ser celebrado por todo lo alto.

No aparecen libros de tan importantes como éste todos los días: libros que nos plantean y replantean preguntas tan fundantes y decisivas sobre este oficio y vicio absurdo que es la poesía; libros que van a seguir acompañándonos en el tiempo por la potencia que llevan dentro de sí; libros que nos señalan de manera inequívoca que la poesía de este lado del mundo sigue pidiendo ser leída con la misma pasión con la que ha sido escrita.

Claro: hay que leer por fuera, al margen de las aduanas del conocimiento que tanto la academia como la institución literaria establecen. En tales aduanas la pasión brilla por su ausencia. Y quienes ejercen dentro de ellas tienen la vana pretensión de domesticar a la poesía. En este preciso sentido, no tengo la menor vocación de aduanero.

Tengo la plena certeza de que la viva y espléndida praxis poética que está llevando a cabo Maurizio Medo se desmarca radicalmente de estas aduanas del conocimiento: habla desde una intemperie que estas desconocen y en la que nunca podrán entrar. Las aduanas del conocimiento le huyen a la intemperie y, por eso mismo, pretenden que lo tienen todo claro y en orden.

Desde allí, desde la intemperie, Medo, como nuestras poetas y nuestros poetas más valiosos, viene dando una pelea vital y textual en función de un replanteamiento del sentido y el quehacer de la poesía de este lado del mundo en la presente hora. Un replanteamiento, aclaro, del todo tentativo; un replanteamiento movedizo y mudadizo porque, en fin de cuentas, la poesía nunca se queda quieta; es una dinámica de inestabilidad. En diversos sentidos, la poesía nos pone en un estado de transición permanente:

Este estado de transición permanente es una radical experiencia del no saber. Y con toda su sensibilidad, su conciencia y su memoria a cuestas, un poeta como Maurizio Medo oficia desde tal experiencia.

Escribe Medo:

Nunca sabremos si desaparece la belleza.

Imaginemos sólo por un instante que la belleza –no como categoría estática sino como presencia viva- desapareciera. Nunca sabremos -y esto está más allá y más acá de cualquier dimensión racionalmente discursiva- pero la posibilidad de su desaparición existe y queda insinuada en este verso. Pero, por igual y de manera tentativa, queda insinuado que puede no desaparecer. Por todo ello, este nunca sabremos se vuelve, no hallo otra forma de decirlo, muy potente en su verdad tan frágil, tan vulnerable, tan indefensa.

En esa zona del no saber –pienso especialmente en San Juan de la Cruz en este momento- la poesía tiene otras medidas. Es una zona donde se sondea y se bucea, con una lucidez otra, descartando pretendidas seguridades. En muchos sentidos, quienes vivieron y padecieron la experiencia mística nos siguen interpelando. Medo no es un místico pero lleva en sí ésta interpelación: en su poesía está la honda huella de las maestras y los maestros del no saber[2].

IV


Desde Proemio: imagos a Dime novel, desde el punto de partida hasta el provisional punto de llegada, estamos ante un singular proceso poético: la lectura de este libro se convierte a ratos en un devenir Medo y a ratos en un devenir con y en Medo, un devenir dentro de una visión del mundo nómada, transterrada. Tal devenir se nutre tanto de una dinámica de afinidad como de una dinámica de diferencia. Espero explicar mejor esto más adelante.

Lo importante es que ambas dinámicas impulsan un devenir de lectura que está bajo el signo de la más franca admiración; un devenir de lectura que me ha empujado a intentar sacudirme de hábitos y rutinas adquiridas.

En realidad y en verdad, este libro nos pone ante una poesía sobrecogedoramente lúcida, plena de memoria histórica y cultural y, al mismo tiempo, plena de coraje en la medida de que es también una inmersión en lo oscuro; estamos ante una poesía que se despliega desde una subjetividad que ha conocido y padecido la experiencia de los límites; una poesía capaz de llevar en sí su propio pathos y que, por eso mismo, toma distancia contra los sucedáneos exhibicionistas.

Una cosa es que una experiencia creadora tenga una fuerte impregnación patética y otra muy diferente dejarse llevarse por el patetismo como forma de autocomplacencia. De tal forma de autocomplacencia está a salvo la poesía de Medo porque la lucidez y la pasión se convierten en los extremos constituyentes de una alianza del todo necesaria: una alianza que le confiere a esta voz su específica hondura y su impresionante poder de ahondamiento.

Una fuerte impregnación patética he dicho. Al mismo tiempo hay en esta poesía una no menos fuerte impregnación ética. Una ética sin condiciones, enteramente libre que no depende de premio y castigo, de sanción y recompensa.

Reitero: una fuerte impregnación ética y de ella se deriva un ejercicio de impugnación del sentido facilón y banal de la poesía. Se trata de una lucha sin tregua contra las diversas variantes de su trivialización. Una lucha que de pronto Medo enuncia así:

Ya no habrá un solo pájaro en el poema

No habrá candor

Ausencia de candor porque este es éticamente inadmisible. Es cierto que nos sigue llamando la búsqueda de un país inocente como quería Ungaretti, pero tal búsqueda descarta de entrada candideces extemporáneas y candores del todo bobos.

Claro: esta lucha sin tregua busca la constitución del sentido de la poesía apostando por la intensificación máxima y por la radicalidad.

Valga la interrupción en este momento, a propósito de esta asunto fundamental de la constitución del sentido: es posible, como dice Bonnefoy, que la poesía no sea sino un llamado. Y aquí me hago la misma pregunta del Maestro francés: ¿se trata de un llamado sin privilegio, sin porvenir? En el caso de que sea así, en el caso de que carezca de privilegio y porvenir, seguirá siendo un llamado necesario. De allí que el proceso de constitución del sentido, esa lucha sin tregua, busca prolongar y, en la medida de lo posible, multiplicar ese llamado necesario.

Ahora bien, lo importante es que este proceso de constitución del sentido se realiza en el poema y no se distingue de él. Aquí es necesario subrayar que Medo trabaja en función de densificar las condiciones verbales de constitución del sentido: sentido no como algo que se conoce de antemano; sentido que se intuye y se siente. Entonces, densificar las condiciones verbales de constitución del sentido implica un trabajar tanteando en lo oscuro, sin falsas seguridades.

Finalizando este fragmento, no puedo dejar de consignar aquí una apreciación personal: de entre mis amigas y mis amigos que practican el oficio mayor, Maurizio Medo es uno de los que me ha permitido visualizar con mayor nitidez cuánto de gracia, cuánto de condena y cuánto de fatalidad tiene la poesía

V

Cerca de Baudelaire desde mi propia perspectiva: invoco aquello de confiar en un lector, o en una lectora, a quien la poesía ponga en dificultades. Y vaya que Cuando el destino dejó de ser víspera nos pone en dificultades.

Uno no puede sino elogiar calurosamente este ser puesto en dificultades. En muchos sentidos, funciona como un oportunísimo y necesario antídoto: no se olvide que la atmósfera que respiramos consagra tanto el facilismo como la insignificancia. Allí, en tal atmósfera, la poesía no respira: se asfixia irremediablemente.   

Si un libro de poesía como éste logra ponernos en dificultades, se trata entonces de una experiencia de lectura que vale la pena, que deja huella. Por eso mismo, exige un acto de recepción tan apasionado como respetuoso con su espíritu y su letra, un atender con esmero a las condiciones verbales de constitución del sentido, un oír la poderosa interpelación que aquí se proyecta.

Es oportuno matizar: dije poderosa interpelación pero en la misma medida en que pide ser atendida. Tengamos presente que el sujeto que la porta se expone y, por tanto, es vulnerable. Si confía en un lector o una lectora al que la poesía pone en dificultades es porque él habla desde ellas: el camino que nos pide recorrer es el mismo que el poeta ya ha recorrido. No hay engaño entonces. Por el contrario, el engaño es propio de la poesía premasticada, la que busca halagar al lector, y no hace otra cosa que irrespetarlo.

Ciertamente, la poesía, cuando nos pone en dificultades como en este caso, se convierte en un camino hacia sí misma; un camino que por momentos pareciera borrarse; un camino por el que hay que ir paso a paso; un camino que vale la pena hacer.

Este estar dispuesto a que la poesía de Maurizio Medo me ponga en dificultades ha sido mi apertura de base para ir elaborando esta intervención ensayística. Cuando digo estar dispuesto digo capacidad para exponerse.

Que la poesía nos ponga en dificultades: he aquí un punto de partida que considero óptimo. Porque, la verdad –y aquí, como en tantas cosas, sigo a Jean Bollack- nunca estamos preparados realmente para leer a un gran poeta como Medo. Y esto es, en mi criterio, un factor que aviva la pasión lectora.

Lo que me pone en dificultades como lector de Maurizio Medo se me aparece como una fuerza y una energía indomesticables e inclasificables que actúan para vivificar el oficio mayor. Si no me pusiera en dificultades, no estaría escribiendo este ensayo. È vero Lezama: sólo lo difícil es real y verdaderamente estimulante; sólo lo que nos pone en dificultades modifica favorablemente nuestra propia experiencia de la lengua, esto es, nuestra propia experiencia del mundo.

En muchos sentidos, la poesía, cuando es digna del nombre de tal, implica un proceso de lectura con otra lógica de sentido: uno aprende a leer de otra manera. Se trata de un arte de leer despacio. Un libro como Cuando el destino dejo de ser víspera no puede sino leerse detenidamente, y se queda aguardando la relectura. Yo estoy seguro que volveré, una y otra vez, a estas páginas que me conmueven y me estremecen.

A propósito de este ponernos en dificultades, y como para ampliar su onda de irradiación quiero retomar algo que dice con lucidez Basilia Papatamastíu a propósito de la poesía del inmenso poeta cubano Ángel Escobar: hay poesía que parece intransmisible e inabordable en su diferencia, y qué bueno que sea así. La verdad es que nunca estamos preparados del todo para recibir lo que es diferente: hace falta tiempo, un tiempo que es inmedible.

No olvidemos que quien dice diferencia dice conflicto, la diferencia es absolutamente antagónica con todo lo que pacifica, y también dice herida. La herida Medo habla, me habla desde su singularidad irreductible, desde su compleja diferencia peruana y latinoamericana. Se trata de una diferencia ejemplarmente inestable y, por eso mismo, capaz de hacerse cargo de todos los riesgos y capaz de ponerse siempre más allá de la buena conciencia.

Y es también una diferencia que se ha nutrido de otras diferencias, que dialoga fecundamente con ellas. Un buen ejemplo está en el poema Escena 16: Disrafia de Dime novel en el que Medo construye una lúcida relación intertextual con el gran poeta estadounidense Amiri Baraka. (De la presencia de la intertextualidad en esta poesía hablaré más adelante.) Veamos cómo la diferencia Medo se apoya en la diferencia Baraka para extremarse:

No somos ciudadanos, amigo, parecemos un coro
fantasma de nigger minstrels Aún más silencioso
que la nocturna confesión de las hayas ¿Qué otra
cosa resta por hacer, sino quedarnos?

Y eso no podemos, salvo como una
eternidad que no marca el horario
por despreciar el tiempo

Somos el blues, hondo y pasajero
o, como recitaba el gran Baraka,
las actuales Guineas

No tenemos nada que perder,
salvo los dientes,

cuando enfrentamos a la muerte
para arrancarle el corazón

de su viejo disfraz de calavera

Una diferencia que se afirma desde otra diferencia en medio de la fiera y desigual batalla contra la muerte. Baraka, el afrodescendiente, se convierte en un aliado sustancial para Medo que lleva en sí una aglomeración de identidades: en Maurizio Medo conviven un italiano, un croata, un yugoeslavo, un judío, un peruano.

En especial, hay que subrayar el peso que tiene el mito del judío errante, como se ha encargado de recordarlo el propio Medo,  en Dime novel: un mito que el poeta lleva en sí con toda su carga existencial, con toda su densidad imaginaria. Vale la pena evocar aquellas palabras de Marina Tsvetaeva que Paul Celan hizo enteramente suyas: Todos los poetas son judíos.

Pero, insisto, junto al rol protagónico de este judío errante, y no sólo en Dime novel, conviven otros en una fecunda aglomeración de identidades. Entre las riquezas indiscutibles de la poesía de Medo está la presencia de una multiplicidad psíquica que, en mi criterio, le es constitutiva.

Tal multiplicidad psíquica dispara, como bien lo decía Cortázar en Rayuela, una búsqueda de puntos de mira que excentraran al mirador o a lo mirado. Yo reconozco la voz de Medo en esta búsqueda y son incontables los momentos en que alcanza esta excentración tanto del mirador como de lo mirado.

Vemos, entonces, que su diferencia parte de solicitaciones diversas y de conflictos no menos diversos. No es extraño entonces que pueda reconocerse en la otredad radical que encarna Baraka.

Diferente es, entonces, la voz de Medo. Cabe acotar que se trata además de una diferencia en proceso: una diferencia en gestación que libro a libro se reinventa a sí misma; una diferencia que hace suya, enteramente suya, desde otro tiempo y otro lugar, aquella lúcida premisa de Charles Olson: la voluntad de cambio es lo inmutable. Una diferencia que a través de sus poemas nos reconoce y en la que nos reconocemos. Intenso y complejo reconocimiento es éste porque a través de él, devenimos otros.

No sé si voy a contradecirme, y si me contradigo ni modo, al pensar esta cuestión decisiva de la diferencia: uno puede tener una relación de afinidad grande con un poeta. Pero hay un matiz que quiero subrayar: mucho más que la separación, aquí disiento levemente con el Maestro Bollack, hay que preservar celosamente la diferencia. Simplificando al máximo: la diferencia Medo, la herida Medo, interpela e ilumina la diferencia específica que cada una y cada uno somos como lectoras y lectoras, pero no habla en nombre de, nos deja enteramente libres.

Necesito señalar algo más al cerrar este fragmento: preservar celosamente la diferencia no es fácil. Ello implica para mí no caer en una tentación que es demasiado usual para el ejercicio crítico: me refiero a la tentación de determinar pretenciosamente los contenidos de la experiencia poética de la que Medo es responsable. Si se cae en esta tentación sucede algo que Bollack precisa muy bien: un bloqueo de la lectura; un bloqueo además que se ignora a sí mismo en tanto que tal al creer que está abriendo un horizonte de comprensión.  

Es muy posible que a lo largo de estas páginas, yo caiga en tal tentación, pero soy consciente de ella, y trataré por todos los medios de evitarla. Ojalá lo logre.

VI

Quiero valerme de una certera observación de Jean Bollack para darle continuidad a este discurrir: gracias a la tremenda energía que la habita, la poesía de Medo nos pone ciertamente en dificultades pero también obra para transmitirnos sus condiciones de comprensión. En su problemática y fecunda tensión, esta poesía no sigue una línea monológica sino dialógica, esto es, cuenta con el lector.

Una línea dialógica reitero. Pienso en Celan: los poemas están en camino hacia algo, hacia alguien. Hacia un tú audible, un tú cordial, un tú que puede llegar a ser fraterno. Hacia algo o alguien abierto al que no se trata tanto de ocupar sino de habitar. Un tú que tiene una relación viva y, por eso mismo, conflictiva con nuestra lengua. Un tú del que hablo tentativamente porque no se deja definir, se resiste a ser definido. Definir es cenizar como decía Lezama Lima. Un tú, entonces, cuya realidad abierta trasciende cualquier definición.

Claro: Medo nos propone un diálogo que es exigente, demandante. Por fuera de la cháchara en sus distintas variantes, del bla bla bla que usa muchas máscaras y que pretende pasar por poesía, el diálogo genuino –que no sólo es necesario sino insustituible- nos convoca desde voces poéticas como la de Maurizio Medo; voces poéticas que no se resignan a ese sometimiento por el que se nos fuerza a vivir de simplificaciones: frente a tal sometimiento, la poesía, cuando es digna del nombre de tal, se levanta como un gran No; vuelve y volverá a ser la insurrección solitaria como quería Carlos Martínez Rivas.   

Valga la reiteración: la poesía de Medo nos pone en dificultades y en mi criterio eso demuestra su calidad, su lucidez.

Lucidez que no busca el nombre exacto de las cosas, sino que busca el nombre vivo, el nombre humano, demasiado humano. Y ello ocurre dentro de una poesía que está indeleblemente marcada por una específica situación o, si se prefiere, situacionalidad histórica. Es claro que tal nombre vivo, humano, demasiado humano de las cosas, para que se nos sea dado, hay que merecerlo: quien se pone por encima de la contienda, no lo merece.

Y Maurizio Medo lo ha merecido sobradamente en mi criterio. Entre otras cosas, porque aquí hay un sujeto que, uniendo coraje y pericia, le está dando continuidad a una labor que el devenir de nuestra poesía nos ha enseñado que es irrenunciable: avivar, diversificar, salpimentar nuestro idioma en función de ampliar al máximo lo poéticamente decible. Es una labor que es a la vez una real y verdadera lucha a brazo partido. De tal lucha sale esta poesía de tan acusada singularidad. 

Se trata de una lucha que se nos presenta a lo largo de este libro de muy diversas maneras. Quiero ejemplificar con un poema que me toca y que se halla en Proemio: Imagos:

MCMCVI

Quimera el amor bajo las sábanas
se confunden con sabanas
           y las palabras cada vez
              más homónimas en
un espacio donde el lenguaje
           es la soledad
cuando amanece
            y aún de mediodía

Y solo a veces
un sol de claridad


Qué intensa y qué conmovedora esta puesta en palabras en la que se conjugan la experiencia amorosa y la experiencia poética: el desarrollo del poema parece decirnos que tal conjugación, casi siempre, no nos da certeza, no nos sostiene, no nos ampara. Cuán dura es la siguiente constatación y cuán verdadera: un espacio donde el lenguaje/ es la soledad.  En tal espacio no se diferencian la soledad esencial y la soledad a nivel del mundo, ambas se entremezclan. Sé que Maurice Blanchot las diferenciaba, con argumentos muy sólidos, pero este poema demuestra que existen excepciones, grandes excepciones.

Pero por ese sol de claridad que aparece en el último verso vale la pena darlo todo. Más allá de que sólo a veces nos ilumina, ese sol de claridad justifica la vida.

VII

La crítica al uso, la buena y la otra, persiste recurrentemente en un error confundir con ligereza la poesía con la lírica. Es una generalización completamente abusiva y por demás anacrónica, amén de insatisfactoria. Se habla, por ejemplo, de la lírica actual, como si no hubiera pasado nada, y aún estuviéramos en el siglo XIX.

Aclaro que no reniego de la lírica, no minimizo el peso histórico la tradición lírica: hay un poso de lirismo que siempre está allí, e incluso hay poetas que escriben desde este sentimiento del mundo. Pero ello no supone que la lírica sea omnipotente.

Valga el ejemplo que encarna la voz de Medo. Más allá de que en su mundo y su modo esta poesía acarrea sedimentos de lirismo, ella habla desde el afuera y allí la lírica –en tanto que monopolizadora de la experiencia poética- no la tiene fácil y, por eso mismo, no puede ejercer hegemonía. Hablamos de una voz que se inscribe dentro de una concreta situacionalidad, dentro de un contexto histórico y poético específico, donde la lírica ya no manda.

Quiero subrayar esto: la poesía de Maurizio Medo se nos presenta como una experiencia que es innegablemente histórica e inalienablemente contingente. A lo Machado, es palabra en el tiempo. Y también puede decirse que en esta dimensión la poesía de Medo afinca en la riquísima herencia de Vallejo y la renueva.

Desde el afuera, y por fuera de las dominaciones y las creencias impuestas por el lírica, la poesía sigue creando lugares de encuentro con otras experiencias humanas. El lugar de encuentro que propicia la poesía de Maurizio Medo tiene como principio constituyente una viva e intensa praxis del contra-decir. Se trata de algo que tiene una estrecha semejanza con eso que Jean Bollack define, en el caso de Paul Celan, como proceso de refección: darle la vuelta al lenguaje poético constituido, contra-decirlo, y en la medida de lo posible, reestructurarlo. Por cierto, este mismo proceso de refección lo llevó a cabo Vallejo en el ámbito de nuestra lengua.

Valga la acotación: tan nefasta como la sobredeterminación ideológica es la sobredeterminación lírica en materia de poesía.

Aquí conviene tener presente una cuestión decisiva: la poesía de Maurizio tiene un sentido contingente, histórico; se trata de un sentido que se desmarca de simplificaciones, de reduccionismos. No olvidemos también que las simplificaciones y los reduccionismos están siempre al acecho: el lirismo suele ser presa fácil para simplificaciones y reduccionismos.

Un poema como Nocturno me parece un notable ejemplo de cómo ir más allá de la lírica, de cómo contradecir al lenguaje poético secularmente constituido. Acotemos que Medo parte de una modalidad, el Nocturno, que tiene una tradición muy ilustre dentro de la poesía lírica en nuestro idioma:

Las sombras se alborotan al mirar la atrofia de la urbe
donde no existimos en realidad

Gira la esfera azul (oh tercero de los mundos)
Alrededor del fin en lo que no acaba de culminar

De ahí los lenguajes con rictus de terror

De ahí las manchas de sed en plena garganta ecuatorial

Lo gris en lo gris
De ahí que amor nos deja solos para rendir cuentas de sí

Y de ahí también el hierro al rojo en el que ardes en fiebres
prendida desde los vientos de tu sueño

Y en mitad de la noche te tiendes hacia arriba volátil e intocable

Y en mitad de la noche te tiendes hacia abajo calibrando
el logos en luchas intestinas

Yo callé al oír tu voz en mi canción

Siempre vi en ti el mar —no al tiempo —sonriente como el amor

No me preguntes cómo dorar el corazón de rojo alquímico

Cómo percibir su música operática dando una o varias veces la vuelta

Vamos, el cielo tiene playas dónde quebrar esta falsa verdad.

¿Dónde sino el loco Yeats adulteró la alegoría platónica?

¿Y Prufrock?

Es la misma costa donde saltan las aguas sopladas por Lezama
y los rumores se desconocen del origen

Vamos, Lu: no sabrás de otra eternidad

Es clara, por supuesto, la presencia de sedimentos líricos en este poema. Pero su centro de gravedad, el cañamazo de esta escritura, busca trascender el lirismo, y lo trasciende, subrayo esto, dentro de un poema de amor.

Un poema de amor que no quiere confirmar lo que ya sabemos sobre la experiencia amorosa sino que se plantea como una indagación sobre el lugar del amor en la experiencia subjetiva, en la constitución de una subjetividad, teniendo en cuenta que en tanto que experiencia de lenguaje el amor apunta hacia una dimensión que finalmente es supraindividual y también mediadora.

En este poema, aquí tomó un enriquecedor préstamo del gran pensador español Manuel Ballestero, la experiencia amorosa se proyecta como pluralidad pero retenida en el flujo del tiempo. Y ello es así por la espléndida pauta rítmica con la que Medo le dio vida a estas palabras.

Se trata, entonces, en Medo de un más allá del lirismo: no lo niega, no lo desconoce, pero está más allá y también más acá.

VIII

Ciertamente, lo digo con Jean Bollack, estas páginas que estoy escribiendo tienen su historia, y llevan consigo las huellas de esa historia, su peso existencial y afectivo.

A través del tiempo, Maurizio Medo y yo hemos construido una amistad real y verdaderamente fraterna, forjada en las coincidencias no menos que en las diferencias. Nos une la pasión por el oficio mayor y la certeza de que pertenecemos en medio de los azares infinitos.  Pienso, en este momento, en nuestro hermano del Uruguay Enrique Bacci. En el proceso de escritura de este ensayo, la mala nueva de su temprana y dolorosa desaparición física ha sido un manotazo duro, un golpe helado, un carajazo que no esperábamos. Es el primero de nuestra cofradía que se ha ido pero, ciertamente, permanece y permanecerá en medio de nosotras y nosotros como un aliado sustancial, como un compañero del alma, como una presencia acompañante que nos marca el camino de la fidelidad hacia la poesía. Enrique es y será para siempre luminosa memoria, tan luminosa como su sonrisa que no, nunca termina.

IX

Quiero darle la vuelta a un planteamiento del gran pintor venezolano Jacobo Borges para situarlo en el aquí y en el ahora y pensando en la poesía de Medo.


Lo digo así: nosotros tenemos los mismos problemas de todas las poetas y todos los poetas de nuestro tiempo, pero además seguimos cargando inevitablemente con este problema decisivo: ¿quiénes somos nosotros? No se trata, aclaro, de una pregunta que remita a un esencialismo que poco o nada significa, que poco o nada nos dice. La pregunta planteada en el presente nos llama más bien a inquirir por los sentidos del estar y por las razones del pertenecer.  

¿Quiénes somos nosotros?; ¿dónde estamos?; ¿cómo nos pertenecemos? Ciertamente, son preguntas tan abarcadoras como abiertas; preguntas que se replantean permanentemente; preguntas en las que suena y resuena un redoble de conciencia; preguntas que nos incluyen y, al mismo tiempo, nos trascienden; preguntas en devenir y que recogen muchas de nuestras demandas y expectativas; preguntas que sólo tienen respuestas del todo tentativas o, mejor dicho, cuyas respuestas son otras preguntas formuladas desde la entraña misma de cada subjetividad.

No dudo que cierta frivolidad contemporánea, que ha usado y usa diversas máscaras, podrá considerar que son preguntas anacrónicas. Es evidente que existen formas de la contemporaneidad que son irremediablemente espurias e inanes y que pertenecen al dominio de la insignificancia. Por el contrario, afincar real y verdaderamente en la contemporaneidad, es el caso de Maurizio Medo, significa tener memoria, hacer memoria: una memoria móvil,  plena de concreción sensible; una memoria lúcidamente selectiva, esto es, que sabe desechar lo que ha de ser desechado; una memoria creadora y no reproductora; una memoria que es muchas memorias y, en primer lugar, memoria de nuestra lengua; una memoria en estado de alerta contra las sobredeterminaciones sean éstas cuáles sean.

Vuelvo a las preguntas, a las grandes preguntas: ¿quiénes somos nosotros?; ¿dónde estamos?; ¿cómo nos pertenecemos? Son preguntas que plantean que la poesía es una práctica responsable en tanto que palabra en el tiempo, en tanto que la poesía es el territorio de la lengua que debe ser más celosamente preservado y defendido. 

Un territorio diverso claro está. Ahora bien, si una de las propiedades constitutivas de la poesía es la variabilidad, ello no la exime de responsabilidad, antes por el contrario acentúa su condición de práctica responsable, más aún: la extrema.

Hay un poema a mi modo de ver impresionante en Homeless que habla desde el espacio de estas preguntas y lo hace conflictivamente. Voy a citarlo in extenso con epígrafe incluido:

Si ya desde entonces Lima nos parecía tan horrible a algunos de nosotros (...) era porque en ella veíamos el rostro de un organismo enfermo y postrado que se llamaba el Perú. Y esto por más que los viejos y graciosos afeites de una ciudad cortesana, quisieran ocultárnoslo. Para los demás limeños de entonces, Lima era, en cambio una ciudad civilizada, limpia y ordenada y hasta, para alguno, aristocrática. Pero aristocracia como es hoy la minoría blanca, anglosajona en Johannesburgo, en Sudáfrica, aún -hay que reconocerlo- sin la violencia racista de los afrikaners.
JORGE EDUARDO EIELSON

No busco analizar qué tipo de sangre tiene
Todas las sangres o qué color la identidad
de un país ¿tiene identidad un país? Reíste al oír

—En realidad los peruanos somos como los huéspedes de aquí:
un skinhead, dos nórdicos los turistas coreanos y otros,
no identificados, llamados a secas provincianos

                       La bulla en forma de algo revienta contra
                                   toda posibilidad de análisis

— Sí, es una antara Pero lo sonoro proviene del escozor
de una gata en celo (y puesta a punto
para robar el neumático)

Y con la bulla salpica la propolis bacteriana
de un eterno constipado ya libre de Españas
—¿Lima barroca por horror, dijiste?

Su aura respira mestiza entre telares paracas
y un vitró veneciano Como pasada,
alucina de vueltas con su albor
y besa la herida de un dios judío
¿Horror por su raíz?

Ese tajo no tatúa: hay hueso

Dijo bien Hinostroza: No es lo mismo
un cholo calato que un desnudo griego


Ya desde el mismo epígrafe del gran Eielson el poema entra en materia por fuera de los reduccionismos de las esquemáticas y las sistemáticas.

La filosa interpelación de Maurizio Medo se dirige hacia Lima. Es Lima la Horrible –la misma de Moro, Salazar Bondy y Eielson- que ha extremado aún más su horror en el siglo XXI. En el caso del poeta, es la ciudad oriunda que no genera pertenencia y, por eso mismo, se convierte en malestar y en desesperanza que se extienden desde Lima hacia el Perú.

A través de la trama expresiva de este poema, el sentido en sí de esta interpelación se convierte en una exploración tremendamente audaz y, por ello, de una singular pertinencia crítica como corresponde a un poeta que camina su propia circunstancia por un sendero divergente.

Tal interpelación no es hecha desde afuera en esta poesía, esto es, no se formula programática y literatosamente, sino que brota desde adentro, desde más adentro, o, mejor dicho, el afuera se encuentra en la más cruda intimidad, en la más vulnerable subjetividad. No en vano a lo largo del poema se involucran intensamente lo discernible y lo confuso.

Ciertamente, se trata de un poema de una dureza mineral en el que pensar y poetizar se conjugan de manera idónea. Al leerlo y releerlo, me ha rondado persistentemente una certera observación de Jean Bollack sobre Paul Celan: la poesía como lugar de memoria y como lugar de combate. Lugar de memoria y lugar de combate que llevan la impronta de la historicidad, haciendo visibles diversos índices epocales.

Y sigo con Bollack, desde Bollack: la voz de Medo lleva consigo huellas que son manchas tal y como es inmediatamente perceptible en este poema.

Huellas que son manchas en el poeta Medo y también en el narrador Medo: un narrador que anda entre apariciones y desapariciones a lo largo de estas páginas. Huellas que son manchas dentro de una poesía que es poderosamente referencial. Y huellas que son manchas en un sujeto que trabaja con extrema lucidez por fuera de la transparencia del sentido: no tanto porque la parezca inasequible, a ratos el sentido puede transparentarse, sino porque falsea nuestro estar en lo real. Huellas que son manchas entonces, y a partir de ellas, lo digo con Bollack, un mundo se constituye y va tomando forma. Huellas que son manchas: una experiencia complejamente peruana y nuestroamericana habla y calla a través de ellas.

X
Mi historia como lector de la poesía de Medo comenzó con Manicomio que llegó a mí a través de unas manos amigas. Antes había leído poemas sueltos en la web y ya sentía haber encontrado una voz distinta, una voz que me tocaba. La lectura de Manicomio confirmó rotundamente esa impresión inicial.

¿Qué me atrajo tanto en Manicomio, que me conmovió y que me dio a pensar este libro impar? En sus páginas yo encontraba una excentración y extrapolación de lo poético, de lo que convencionalmente tomamos por tal, y no era una tentativa fallida como pasaba con tantos libros que partían de una ambición similar. Había un peso de experiencia vivida y padecida en Manicomio que encontraba en cada poema su encarnación formal. Tal encarnación formal respondía, en primerísimo término, a un no estar en paz con el lenguaje. La locura devenía hiperconciencia en el trance y en la traza del libro y ello era del todo necesario para expresar el orden manicomial en todo su horror.

Dicho de otra forma: se trataba de ese insomnio de la conciencia, como decía Bataille, sin el cual no se puede aspirar a la lucidez.

En Manicomio yo oía y sigo oyendo una voz que habla con el acento de la verdad. Tal acento toca al lector, lo interpela, pero no lo alecciona. Hay demasiada exposición en este libro, demasiada vulnerabilidad, y ello conlleva un poner distancia radicalmente con cualquier forma de aleccionamiento.

El acento de la verdad dije un poquito más arriba. Cierto que, como señalaba Ludovico Silva, la verdad de la poesía es de otro orden. Hablamos, entonces, en el caso de este libro de una verdad tan compleja como jodida y, a la vez, tan abierta como compartible. Ahora bien, se necesita un paladar fuerte para atravesar estas páginas escritas con sumo dolor.

Un poema como El mandril, la locura y la muerte ejemplifica la fuerza de Manicomio, una fuerza que tiene mucho de imprecación:

Mandril, ¿puede una madre ser cobijo
si ve a sus hijos endurecer como el sílice?

Mira, a la Quispe.
¿Es locura llamar Tulio al peluche
que acuna vidriando los ojos?
¿Es el amor anomalía, perversión
o amor, solamente?´

El del 28 levanta su dedo grande en el aire,
llora su mano, ¿baba o espuma?, sobre
un papel más duro que la roca.´

Si te dijera: mono estás muerto
¿Me arrastrarías hacia el cuarto del Relámpago?

Dame agua, el psicotrópico mis labios reseca.
¿Los mojarás con hiel hasta que los verbos mueran?

¿No soy una lombriz para tus ojos?
¿Lombrices que reptan sin razón, no somos?

Sí, la Brivio se ha exaltado.

Esas tabletas son el maná del báratro, mas,
así y todo, puedo tomar el té del Sombrerero,
quien dio a Hölderlin su chistera de alabastro.

Shhhh, tiene ahí a tu dios acuchillado
—ni que te vea — el pecado es fruto amargo
de la más dulce razón.

Ey, Méndez, ven aquí por Adonai.
¿Por qué sangra Francesca,
por qué yace gimiente sobre el catre
gritando: no, no, no?

Perro maldito.

Creo que es inmediatamente perceptible la dureza mineral de este poema. Tal dureza mineral logra una conexión viva entre lo íntimo y lo común. El tumor de la conciencia y la irritada lepra sensitiva que nos transmiten estos versos son una forma de estar en lo real, una forma ciertamente extrema, extremada.

Releyendo este poema, e igualmente durante el proceso de relectura de Manicomio, no he dejado de pensar en estas palabras de Artaud que me marcaron desde siempre: Tengo para curarme del juicio de los otros, toda la distancia que me separa de mí.  Precisamente, la voz de Medo habla desde esa distancia artaudiana, desde esa separación que precisara y verificara en sí el gran desollado: separación no con el yo, sino con sus trampas, sus imposturas y sus mentiras. Por eso mismo, también no he dejado de pensar en algo que dice mi amigo el poeta venezolano Armando Rojas Guardia: la locura es todo lo contrario a un refugio, y sólo es creadora cuando deviene intemperie.

Tal devenir intemperie nos plantea inmediatamente una pregunta: cómo devenir intemperie de verdad. Para ello no hay caminos, a lo más trochas, picas, sendas que no van a ninguna parte. En buena medida el poeta se convierte en un zapador y su avance es lento, difícil y angustioso. No es cualquier zapador: es uno que no sabe si alguna vez saldrá a la llanura.


XI

Más arriba hablé de poesía perturbadora. Por eso mismo, poesía viva. Poesía que se deslinda radicalmente de la autocomplacencia y logra encarnar todos los riesgos. Por eso mismo, este ejercicio de admiración, no otra cosa son estas páginas, se me ha impuesto por sí mismo.

A propósito: no perturba quien quiere sino quien puede. Y ese poder de perturbar está en relación directa, lo digo a la manera de Manuel Ballesteros, con una irrevocable capacidad de incursión peligrosa, y más aún, de colapso: se trata de una cosa extremadamente jodida porque implica estar a la intemperie y desde allí trabajar para que hablen tanto el sentido como el sinsentido. Trabajar reitero: yo diría que Maurizio Medo pertenece al linaje de los horribles trabajadores y las horribles trabajadoras que avizorara Rimbaud y en quienes el muchachito de Charleville ponía toda su fe.
Ciertamente, para ejercer el poder de perturbar, el sujeto poético tiene que haber sido perturbado hasta el fondo, y eso tiene que sentirse en la palabra poética.

Palabra perturbada la de Maurizio Medo y que, por eso mismo, perturba, nos perturba a fondo. Unas veces nos conmueve, otras nos conmociona, nunca nos deja indiferentes. En realidad y en verdad, perturbación implica intensidad. Una intensidad que pone en juego, y vaya a qué costo, una fuerza de creación, recordemos a Lezama Lima, que se contrapone a la fuerza de destrucción que crece y avanza por todas partes.

Y perturbación también implica que en poesía nadie hace lo que quiere, sino lo que puede, luchando a brazo partido con el lenguaje.

No perturba quien quiere sino quien puede. Y para ello hace falta el estremecimiento interno que encarna la poesía de Medo. Leyendo Cuando el destino dejó de ser víspera, como lo ha dicho Basilia Papatamastíu de Ángel Escobar, uno puede advertir una dinámica de desarticulación de la habitual correspondencia entre el sujeto y sus acciones, los tiempos y los espacios, el adentro y el afuera, el sí y el no. Y creo necesario enfatizar algo: la poesía de Medo es fiel, enteramente fiel, a esta dinámica de desarticulación.

Si esta poesía lleva en sí una manifiesta intención experimental, mejor dicho, exploratoria, y me sigo valiendo aquí de la lucidez de Basilia Papatamastíu, ello obedece a una imperiosa necesidad, a una pulsión subjetiva que busca maximizar la intensidad de la palabra: es el intento de llevarla hacia el enigmático punto cero, más allá de si se puede alcanzar o no, en el que tanto insistió el inmenso José Ángel Valente. 

Por cierto, de Valente aprendimos aquello de seguir el vuelo de los grandes y de las grandes, o morir. En mi criterio, Maurizio Medo es un seguidor, un genuino seguidor.

Recapitulando sobre lo dicho en el párrafo anterior, quiero señalar lo siguiente: es inmensa la labor de resemantización que Medo lleva a cabo. En este punto, creo que es ineludible llamar la atención sobre la profunda huella Medusario en Maurizio. Del peso que ha tenido este libro quiero ahondar más adelante, en cuanto a la exigente y apasionada labor de resemantización, de transformación de nuestra lengua.

Quienes estamos situadas y situados a conciencia en la posteridad de Medusario, y Maurizio Medo es una de las voces más singulares dentro de tal posteridad, hemos sentido el desafío de no quedarnos a medias, de allí que la labor de resemantización se nos impone como una necesidad, más allá de que fracasemos o no en el intento. Y a fe mía que un poeta como Medo demuestra la plena validez de este enorme desafío.
 
Tal labor de resemantización, en nuestro tiempo, rechaza cualquier forma de pose. Es una labor tan ardua como paciente. La poesía no ha renunciado al arte innovar aquí y ahora, pero no hay retorno posible al culto vanguardista por la originalidad.

Bastante lejos estamos ya del pequeño dios huidobriano, más allá de los sedicentes esfuerzos por resucitarlo con otras máscaras y sin la fuerza expresiva del gran Vicente. Incluso la misma noción de autoría ha quedado rebasada. La lealtad al oficio mayor reside hoy, para quien lo ejerce sin pose, más bien en la conciencia de ser un performador o una performadora. Tal performatividad tiene en Medo a un practicante de excepción, capaz de renovar la apuesta sin condiciones por la poesía. Desde siempre hemos sabido, con Pascal, que el verdadero caballero apuesta a perder.



XII

Hay unas palabras del ensayista español Jorge Rodríguez Padrón que suscribo enteramente porque precisan muy bien lo que acontece a la hora de leer poesía, a la hora de recorrer un territorio poético, a la hora de ser leídos por la palabra de un gran poeta: Vamos (vagamos) hacia donde nos oímos de otra manera.

Ciertamente, yo me oigo de otra manera en y a través de la voz de Maurizio Medo. En el ir y en el vagar por los caminos, por las sendas y por las trochas de este extraordinario libro que es Cuando el destino dejó de ser víspera tal audición en que me reconozco otro ha sido, en muchos sentidos, un reto y un desafío: no se puede entrar a estas páginas impunemente porque aquí encontramos a un sujeto que se la ha jugado sin trampas, de verdad verdad, a todo riesgo, sin la menor complacencia, sin la menor autosatisfacción.

En el ir y en el vagar por este territorio Medo donde me oigo de otra manera, me han pasado cosas. Cosas pasan, sí, por ejemplo: un replanteamiento del sentido de la poesía que se está escribiendo en la Patria Grande.

Un replanteamiento que no se queda, como suele suceder, en una mera ambición declarativa, en una pretenciosa declaración de intenciones: un replanteamiento que Medo ha venido realizando palabra a palabra y que no es un proceso concluso. Se trata, entonces, de un replanteamiento en devenir, pero que ya es una dimensión alcanzada. En muchos sentidos, Maurizio Medo es uno de los poetas que en nuestra lengua y desde esta orilla, encarna el proceso de imaginar lo nuevo. Un proceso que nunca concluye, al que necesariamente hay que darle continuidad. Tal continuidad cuaja en la poesía de Medo de una manera personalísima, única.

Y esta continuidad, implica un enorme grado de obstinación en medio de la incertidumbre.

Tal y como lo dice el mismo Medo:

Pero algo nos obliga eternamente a recomenzar

Algo imprecisable pero que obliga. Como si ese algo nos impusiera una tarea, como si ese algo convirtiera a la vida en tarea.

Reitero: vamos (vagamos) en la voz de Medo hacia donde nos oímos de otra manera.

Vamos (vagamos) a través de un decir que suele ser expansivo, sin perder tensión, aunque Medo también ensaya admirablemente la cortedad del decir. Expansión del decir, cortedad del decir: un decir más con más y un decir más con menos.

En el tremendo combate verbal que acontece y nos lee en estas páginas, en la puesta en palabras inequívocamente conflictiva de cada poema y de cada libro en Cuando el destino dejó de ser víspera, nos interpela el presente, la actualidad en desplazamiento, pero también nos interpela la futuridad. La voz de Medo pertenece al salto, como quería Char, y no al festín, su epílogo.

XIII

Haciéndome eco de un añejo y precioso ensayo del Maestro José Lezama Lima quiero decir lo siguiente: nadie atraviesa impunemente la calle Rimbaud. Hay que conservar el terreno ganado tal y como lo hace un poeta como Maurizio Medo. No hay retroceso posible.

Pretender que se avanza a través de invariantes es una mentira del todo burda y del todo idiota. Y como bien dice el poeta argentino Jorge Alejandro Boccanera: No es que la poesía mienta, es que los mentirosos quieren hacer poesía.

Cuando los mentirosos quieren hacer poesía suelen adscribirse a una suerte de adocenamiento comunicativo para justificar su chatura expresiva, su incurable banalidad. El diálogo genuino es otra cosa y se genera en otras condiciones.

Ciertamente, la comunicación es una cuestión que siempre hay que problematizar en materia poética. Insisto, por eso, en la premisa del diálogo genuino que, de entrada, descarta el diálogo fácil. Aquí vale la pena traer a cuento y tener en cuenta aquel contundente aserto de Carlos Barral: poesía no es comunicación. Ciertamente, como bien decía Barral, la comunicación en poesía, si se la toma una suerte de obligante a priori: no pasa de ser un fantasma teórico. Todas y todos sabemos, además, que el término comunicación está de suyo políticamente entrampado desde hace demasiados años, y en sus dominios siempre está al acecho la razón instrumental.  

De paso, cada vez que se ha esgrimido el término comunicación como una especie de bandera poética, se ha caído en un impasse, se ha entrado de lleno en una dinámica regresiva. El planteamiento de Barral, que es de la década del cincuenta del pasado siglo, mantiene plena vigencia: la poesía no es comunicación, es conocimiento. Otra cosa es que la poesía sea conocimiento emocional de la realidad y, por tanto, conocimiento transmisible, compartible.

Quiero reiterarlo una vez más: no hay forma de avanzar a través de invariantes. Y ello no va en desmedro del hecho de que la poesía es la memoria de la lengua. Memoria viva y activa, generadora de aperturas, propiciadora de innovación.

Vale decir: Medo afinca en el presente pero se desmarca de la novelería, de la moda. En este punto decisivo su poesía es un gesto radical: una radicalidad que nos reta como lectoras y lectores. Capta plenamente eso que el Maestro Noé Jitrik llama la vibración del presente, haciendo un uso creativo de la memoria: memoria de la lengua, esto es, memoria histórica o, mejor dicho, memoria plena de historicidad. Y todo ello desde un flujo subjetivo que ha ido ganando la más sólida consistencia.

Cómo ha elaborado Medo tal flujo subjetivo. Pienso ahora en unas palabras de Lezama Lima que siento muy próximas al hacer de nuestro poeta: Es un trabajo también sobre la materia que no fija su último deseo. Y no fija, no puede fijar su último deseo, porque ello equivaldría a cancelar o desconocer todo aquello que la poesía tiene de riesgo, de aventura, de jugársela en condiciones de indeterminación.

En el caso de Maurizio Medo, la manera o, mejor dicho, las maneras de concebir y realizar el poema tienen como punta de partida una experiencia específica e intransferible de lo indeterminado. Se trata del tipo de cosas que generan una diferencia abismal entre la poesía y la literatura. Por eso mismo, también difieren abismalmente los modos de aprehensión y apropiación de la poesía y la literatura.

Valga esta nueva y necesaria digresión. Como bien lo señalaba mi Maestro Saúl Yurkiévich, la exégesis poética es otro cantar. Se trata de oír y captar el acento de una voz, de la voz de Medo en mi caso: el acento que la aproxima y, a la vez, la diferencia de otras voces. Pasa con demasiada frecuencia, y aquí vuelvo a Bollack, que la crítica al uso no escoge los modos de aproximación adecuados. Y pasa, por supuesto, que la poesía no entra por el aro y mucho menos cuando quieren meterla a la fuerza. La poesía no soporta que le hagan violencia.

Retomo la cuestión del flujo subjetivo en Maurizio Medo. A partir de mi posicionamiento como lector y desde mi propia experiencia, puedo identificarme o no con este flujo subjetivo. Y aquí quiero subrayar que lo importante no es tanto la identificación o la desidentificación que suscita sino la potencia con la que se proyecta en su devenir libro a libro. Tal potencia nunca me ha dejado indiferente a lo largo de la lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera. No es poca cosa.

Pienso que la potencia de este flujo subjetivo diferencia notablemente la voz de Maurizio Medo dentro del contexto actual de la poesía del Perú y, más aún, de la poesía de la Patria Grande.


XIV

Estamos ante una poesía construida sobre la base de la intertextualidad. Pero no de cualquier intertextualidad sino de una de amplio espectro y que demuestra una notable asimilación de lo leído y una no menos notable capacidad de incorporarlo como impulso a la propia voz. En este sentido, quiero reiterar algo que dije un poco más arriba para ampliarlo un poco más: Maurizio Medo es un magnífico performador, un artífice de la performatividad.

Ciertamente, aquello que Mijail Bajtin definió como dialogismo y luego Julia Kristeva redefinió, a partir del mismo Bajtin, como intertextualidad, en no pocas ocasiones obedece a una especie de prurito exhibicionista, y no pasa de allí. Es claro que hay mucha intertextualidad de segunda mano, comprobadamente facilona, sin gracia, sin hondura; hay mucha práctica de la intertextualidad que se deduce de una memoria reproductora. Por el contrario, en la poesía Medo es constatable la presencia de una memoria creadora, plena de eso que los antiguos llamaban dynamis; una memoria muy potente.

Cuando se practica la intertextualidad como lo hace Maurizio Medo, ésta, la intertextualidad, deja de ser un problema –como lo es aún para cierta anquilosada visión académica. Todo lo contrario: la intertextualidad, lo digo con Julieta Campos, se convierte en un factor fundamental para darle mayor riqueza a la palabra poética y la abre a un horizonte dialógico mucho más abierto y más amplio. La práctica intertextual ya no es problema a resolver: se convierte en posibilidad, en infinita posibilidad.
Este es uno de esos casos en que la intertextualidad demuestra ser fecunda porque no obedece a servilismos imitativos. En Medo la intertextualidad responde a la más genuina necesidad expresiva.

Claro: tal ejercicio tan lúcido y fecundo de la intertextualidad, permite afirmar que la palabra poética de Medo que tiene un enorme grado de autoconciencia. Enorme grado, reitero, porque, en mi criterio, no hay autoconciencia absoluta en materia poética.

La práctica creadora e imaginativa de la intertextualidad en Maurizio Medo inserta a su poesía en un campo poético, cultural y político muy amplio, de muy vasto alcance, de una, cómo decirlo, fascinante pluralidad. Un mundo poético, es el caso de Maurizio, se va configurando también a través de sus referencias: referencias que le dan impulso y empuje a una voz.

Por cierto, aquí quiero permitirme disentir con mi admirada Alicia Genovese: no estoy tan seguro de que a medida que la propia subjetividad se abre paso, las influencias se invisibilizan, pasan a un segundo plano, y ya no importan. Tengo para mí que la huella de lo que leemos con pasión, y nos influencia de muchos modos, sigue allí, y precisamente la práctica intertextual es una forma para que la propia subjetividad se abra paso.

Valga el siguiente ejemplo puede que digresivo: Gonzalo Rojas ya era un poeta con una trayectoria señera cuando se encontró con la obra de Paul Celan, y nunca dejó de señalar cuánto lo influenció Celan cuando ya el poeta chileno había arribado a eso que llaman madurez. En el caso de Rojas, la influencia de Celan no pasó un segundo plano, y vaya que importa, por señalar un hito, a partir de un libro como El alumbrado.

Pero volvamos nuevamente a la fecunda práctica intertextual que se visibiliza en la poesía de Maurizio Medo.

Un buen ejemplo de cómo funciona la intertextualidad en Medo está en el texto Escena 36: Ciertos árboles de Dime novel. Aclaro que es un ejemplo entre muchos, y lo selecciono por su admirable decantación verbal:

Esa vez los árboles trataron de contármelo

Recordé a Ashbery
“Somos su simple estar ahí”

Contentos por no tener
que reinventarnos

No quiero dejar de apuntar también que la modalidad poética de Medo se abre también a una dimensión hipertextual. En esto somos hijas e hijos de nuestro tiempo y el ciberespacio ha dejado una huella indeleble en nosotras y nosotros.




XV
Quiero poner sobre el tapete un tema que ha sido motivo de conversación entre Maurizio Medo y este servidor. Y lo hago de esta manera, formulando una pregunta: ¿qué ha pasado con nuestra generación en la Patria Grande, esto es, con quienes nacimos entre 1960 y 1970? Según Maurizio, y creo recordar bien su argumentación, nuestra generación no ha producido obras de una solidez indiscutible, y eso debería obligarnos a generar una discusión tan abierta como rigurosa.

Muchas cosas se pueden aducir con respecto a este tema que abre un horizonte polémico. En mi criterio, nos marcó la infame década del 80 del siglo pasado: década infame que estuvo marcada por el auge de la devastadora lógica neoliberal que trajo como consecuencia una lamentable balcanización cultural de la Patria Grande.

En los ochenta ocurrió un apagón del que apenas hemos comenzamos a salir, del que apenas hemos comenzado a recuperarnos. Todavía esa realidad histórica que llamé balcanización cultural tiene un espesor histórico-concreto enorme, difícil de superar, más allá de que a través la web, y específicamente las redes sociales, hemos ido abriendo brechas. Valga el ejemplo puntual extraído de mi relación afectiva con el poeta: mi primer contacto personal con Maurizio fue a través de Facebook.

Nuestro balance generacional deja mucho que desear y ponerse a buscar justificaciones sería mentirnos. Puede ser también que  no nos hemos tomado la poesía con la pasión y, más aún, con la devoción que ella pide; con el rigor y la humildad que deberían serle consustanciales.

Ahora bien, yo me hallo bastante de acuerdo con el punto de vista de Maurizio, pero creo que convendría matizar. Existen cierto número de excepciones y una de ellas es la poesía de Maurizio Medo, una excepción de veras notable, de veras admirable. Sé que seguramente Medo refunfuñaría y me refutaría, pero de verdad que pienso que Cuando el destino dejo de ser víspera pasa sobradamente la prueba de la lectura más exigente y más rigurosa. Esto requiere de una explicación más detenida: para allá voy.

Puede que esté pecando de exagerado y nuevamente voy a matizar. Pongámosle, valga el mexicanismo, que todavía este libro no señale ya hacia esa dimensión plenamente alcanzada que es una obra, pero estoy seguro, absolutamente seguro, que es un camino cierto hacia ella. Dicho de otra forma: Cuando el destino dejó de ser víspera reafirma la importancia decisiva del trabajo poético de Maurizio Medo. En el fondo, creo que es una cuestión secundaria si ya podemos hablar o no de obra en este caso. En cambio, es una cuestión principalísima destacar todo lo que aportan estas páginas.

Dentro de nuestra generación, y me valgo aquí de unas certeras palabras del Maestro Eduardo Milán, Maurizio Medo ha alcanzado una altura de difícil emulación. Y tal altura se conjuga, vallejianamente hablando, con una intensidad que no es nada frecuente. Es por eso que a lo largo de la lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera fue reafirmándose en mí la certeza de estar oyendo la voz de un gran poeta. Y la voz de Maurizio me ha permitido oírme de otra manera. Pasa que cuando uno lee un libro de tan desusada calidad como éste, leyendo somos en realidad y en verdad leídos.
Yo no sé si este sea un libro representativo, en realidad no me importa si lo es o no lo es, y recuerdo en este momento la filosa ironía de Guillermo Sucre con este término. Ciertamente, toda representatividad es, por decir lo menos, sospechosa, más allá de esa inclinación, igualmente sospechosa, que sentimos hacia todo lo que lleva el sello de lo representativo. Creo que hay libros como éste que, desde su propia intensidad, nos confrontan abiertamente: replantean y problematizan nuestra relación con la poesía y, por tanto, se desmarcan radicalmente de la tentación de la representatividad. Por eso mismo, estamos ante una poesía que, en mi criterio, va a resistir cualquier tentativa de canonización.

Todas y todos sabemos que la institución literaria y la academia, salvo contadísimas excepciones, operan bajo las mismas premisas canonizadoras. La institución literaria y la academia tienen una tendencia funesta hacia los dominios de la representatividad por razones de pereza mental y comodidad intelectual. Hoy por hoy, creo que lo más valioso de nuestra expresión está en aquellas voces que no entran por el aro de esta lógica domesticadora. 

Son voces que encarnan, y aquí retomo algo a lo que ya me referí, su propia diferencia, y que no ceden ante el vetusto chantaje de la universalidad. Sabido es que la institución literaria y la academia apuntalan tal chantaje. Hago la salvedad de que dentro de la academia hay quienes toman distancia frente a esta imposición bastante autoritaria de lo universal. No abundan ciertamente, pero, de una u otra manera, dan la pelea a favor de otros modos de leer.

Sí, ya lo sé: la institución literaria y la academia –entendiendo por academia eso que Lezama Lima llamaba el bachillerismo internacional- son capaces de instrumentalizar cualquier cosa, pero confío en que la voz de Medo, una voz contundentemente refractaria, no va a dejarse atrapar; que va a continuar desmarcándose de las dinámicas de canonización al uso que, en realidad y en verdad, no acompañan a las voces que están revitalizando a nuestra poesía sino que pretenden instrumentalizarlas de acuerdo con sus inconfesados fines. Hablo de una deleznable voluntad de saber, vacía o ayuna de toda promesa, que no responde sino a una no menos deleznable acumulación de capital curricular, carente del espíritu crítico y creativo necesario para acompañar el devenir de nuestra poesía y sus instancias más genuinas y fecundas.

Una deleznable voluntad de saber que es marcadamente autoritaria y, por eso mismo, suele partir de una premisa aterradora que ya apuntaba páginas atrás: a la poesía se le hace hablar o entonces no habla. Afortunadamente, así lo creo, la poesía no se deja, y se lleva muy mal que los regímenes discursivos que pretenden imponerle sus lecturas.
Ciertamente, para quienes quieren pensar y acompañar a la poesía de otra manera, la batalla parece estar perdida de antemano, pero uno no se da por vencido frente a tantos intereses deleznables y tantas costumbres que son francamente inanes; uno no se da por vencido porque la presencia de voces como la de Medo nos permiten resistir.

XVI

En esta hora de nuestra poesía, la variable Medo nos plantea una sacudida de veras necesaria. Es, lo digo y lo afirmo, uno de los códigos más radicales con los que contamos para seguir reafirmando la validez del oficio mayor. Una voz como la de Maurizio ilumina eso que Jorge Rodríguez Padrón llama un principio radicalmente poético y nuestro. Nuestro repito: de quienes hoy leemos y escribimos desde este lado del mundo, desde Nuestra América.

Para decirlo con el verbo evangélico desde Lezama: seguimos llevando un tesoro en un vaso de barro. Y nos toca ejercer la tremenda responsabilidad de ser sus custodios y sus custodias.

Principio radicalmente poético y nuestroamericano reitero nuevamente: no es en vano, entonces, como quería el entrañable Walter Benjamin, que hemos sido esperados aquí.  Y pienso ahora en una cuestión planteada por Blanchot para darle un giro: cuando aparece una voz distintiva, como la de Medo, ella expresa un sujeto que es el último pero también el primero en hablar.

El último y el primero en hablar. Ciertamente, todas y todas somos poetas de transición pero ello no significa que todas las voces pertenecen al dominio de lo indistinto: hay voces que se elevan por encima de este dominio; hay voces que encarnan cima y sima. Y hay sujetas poéticas y sujetos poéticos que proyectan su voz a través de este gesto magnífico, audaz y, por qué no decirlo, insensato de ser la última y la primera en hablar, el último y el primero en hablar: ellas y ellos han pagado el precio, que es muy alto, de llevar en sí esta condición. Una condición que rechaza de plano todo forma de poder, que precisa de humildad y de modestia.

Si hablamos de resultados, en el caso del último y el primero en hablar, no queda otra que seguir a nuestro Eduardo Milán: el resultado es procesual, contradictorio, discontinuo. Y ello es así porque el devenir poético de Maurizio Medo continúa abriéndose paso: continúa avanzando en procura de generar las condiciones verbales de constitución del sentido, sabiendo que nada nos asegura de antemano la transparencia del sentido. Y claro estamos ante un devenir poético tan abierto como desobediente.

Qué maravilla es, valga la confesión, poder admirar a seres así, a seres como Maurizio Medo. En ellas y en ellos brilla, a la par de la humildad y la modestia, una rara honestidad y un espléndido no conformismo. Y también una tremenda obstinación para persistir en la labor de darnos signos del estar, de nuestro estar.

Cuando oímos al último y el primero en hablar vivimos una experiencia tanto de revelación como de estremecimiento. Tal ha sido mi experiencia de lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera.

XVII

En muchos sentidos, la poesía de Medo nos permite recuperar el espíritu díscolo, desobediente, refractario, rebelde, de la vanguardia poética latinoamericana. Recuperarlo, entiéndaseme bien, para el aquí y el ahora, fuera de nostalgias pasatistas que no conducen a ningún lado; recuperarlo como potencia creadora y transgresora. Tal recuperación no va en desmedro de la diferencia que la voz de Medo encarna, al contrario la cualifica y, por decirlo así, la afila.

Ahora bien, me parece necesario destacar es que estamos ante un libro que es un ámbito: no estamos ante una quincalla o un cajón de sastre. Un ámbito, atención, pero no un orden cerrado en busca de no se sabe qué fantomática perfección.
La imperfección es la cima como bien señala Yves Bonnefoy.  Eso lo sabe un poeta como Maurizio quien tiene plena conciencia de tener detrás de sí toda una historia poética, esto es, una memoria poética que funciona como un gran archivo dinámico. Medo puede imprimirle una orientación diferencial a la palabra no tanto porque recuerde sino porque memora, porque su hacer memoria es tan vivo como activo amén de libérrimo.

Memorar, hacer memoria, entraña convocar diversas presencias. Un poeta necesita, como decía René Char, aliados y aliadas sustanciales que lo acompañen. Las necesita y los necesita, entre otras cosas, para no desandar el camino, esto es, para exigirse al máximo.

Pensemos, por ejemplo, en la tradición poética del Perú: Maurizio sabe lo que significa escribir después de Eguren, Martín Adán, Vallejo, Moro, Wetsphalen, Eielson, Blanca Varela, Juan Ramírez Ruiz, por sólo nombrar algunas grandes referencias peruanas, y saberlo implica un enorme desafío, un tremendo nivel de exigencia, una decisión de no quedarse a medio camino. La voz de Medo tiene una fuerza rupturista y renovadora dentro de esta gran tradición poética, y, por eso mismo, ha sido capaz de darle continuidad, de prolongarla aportándole un tono nuevo, un acento diferente.

Igualmente, la poesía de Medo actúa dentro del horizonte dialógico de la poesía de Nuestra América. Aquí vale la pena indicar, y aquí retomo algo que insinué más arriba, la importancia de la poderosa dinámica de apertura y exploración que desató una propuesta de lectura tan polémica, tan necesariamente polémica, como Medusario. Medusario comenzaba por desmarcarse frontalmente de las tentaciones y pretensiones antológicas: no era un libro concebido para impartir justicia; era un libro, sí, para leer de otra manera, y de allí su carácter de muestra y no de antología.

Medusario se nos apareció afortunadamente en 1996 bajo el signo de la radicalidad: iba contra la corriente con un espléndido coraje y vaya que derribó unas cuantas barreras, moviéndonos el piso. Que sea una propuesta de lectura discutible, cuál no lo es, ese es otro cantar; pero Medusario marcó y creo que sigue marcando el devenir de nuestra expresión poética en sus líneas de fuerza más interesantes e innovadoras. No creo exagerar que su huella ha sido honda, fecunda.

Una poesía como la de Maurizio Medo puede ubicarse en la futuridad, tan radical como diversa y fecunda, que abrió Medusario. No se trata del manido asunto de las influencias, no, es otra cosa que quiero decir así: este libro modificó las condiciones existentes de comprensión de nuestra poesía. En muchos sentidos, nos orientaba certeramente pero sin aleccionarnos.


XVIII

Voy a aprovechar una certera observación de Enrique Foffani en su magnífico prólogo a La novela de la poesía de Tamara Kamenszain: en Cuando el destino dejó de ser víspera la poesía de Maurizio va escribiendo y reescribiendo su propia novela familiar. Y las mismas zonas oscuras que constituyen a toda novela familiar plantean la necesidad, tal y como lo expresaba Felisberto Hernández, no sólo de escribir lo que se conoce sino también, y más importante aún, lo otro.  Lo otro, esto es, lo que se resiste tenazmente a ser conocido y nombrado; lo otro es lo que no se deja definir y, al mismo tiempo, nos sostiene; lo otro es lo que cuaja en la lejanía y en la soledad. Dice Medo:

 Y callado, siempre callado, cerca, pero muy lejos de toda la familia, ya pensaba cómo sería eso de tener que valérselas solo, solo contigo, soledad.

Como bien dice Didier Anzieu, la invención de una novela familiar acompaña el curso entero de la existencia. Y es una trama que en el proceso de su invención se va convirtiendo en un acumulado de presencias y fantasmas. Una trama, y valga la reiteración, que nos impide estar en paz con el lenguaje, y no es entonces extraño que una novela familiar pueda elaborarse poéticamente.

En Medo, al igual que en Kamenszain, la poesía va inventando procesualmente la novela familiar. Aquí pienso yo se establecen un diálogo vivo y abierto entre estas dos grandes voces de nuestra poesía: un diálogo que se alimenta tanto de las semejanzas como de las diferencias que existen entre estos dos mundos poéticas, entre estas dos novelas familiares.

Evidentemente, no se inventa una novela familiar desde la nada: se inventa desde una realidad que es tan personal como transpersonal, que tiene un irrenunciable sello biográfico pero problematizado por la experiencia del afuera; que nos remite al niño o a la niña que fuimos y a una determinada coloración afectiva que se gestó en la infancia.

Medo carga con su propia novela familiar a cuestas: una novela compleja porque se trata de un sujeto biográfico y poético que tiene que habérselas con unos orígenes de una enorme diversidad, unos orígenes que, en muchos sentidos, lo descentran. Bien puede decirse que en Medo se proyecta procesualmente una variante del todo específica de ese nomadismo de la identidad del que nos ha hablado con tanta lucidez Juan Carlos Lértora en el caso de Diamela Eltitt.

Aquí vale la reiteración: Maurizio Medo lleva en sí una aglomeración de identidades. En Maurizio conviven un italiano, un croata, un yugoeslavo, un judío, un peruano. Se trata, entonces, de darle voz a la novela familiar de un sujeto transterrado. Alguien que tiene que lidiar, y de qué manera, con la extrañeza y con la confusión. Por eso mismo, esta poesía libera, lo digo con Nelly Richard, un imaginario tránsfuga y ello le da tanto movilidad como itinerancia al margen que, libro a libro, ha ido forjando Medo.

Aquí es necesario acudir a Marthe Robert cuando precisa que la novela familiar es un texto no escrito, que aunque compuesto sin palabras y privado de todo público, no por ello tiene menos intensidad y auténtico sentido de creación. Se trata, entonces, de un tremendo reto a encarar en poesía, pero un reto que vale la pena.

Los enlaces compositivos de esta novela familiar, y sigo con Foffani, de esta partitura que es Cuando el destino dejó de ser víspera tienen una coherencia y una consistencia potentes. Tales enlaces compositivos son umbrales que validan el espesor temporal y espacial del proceso poético de Maurizio: un proceso inconcluso y, por eso mismo, un proceso del que hay mucho, muchísimo que esperar.


XIX

Decía más arriba que este libro es un ámbito. Un ámbito que articula musicalmente diez años del trabajo poético de Maurizio Medo: cada libro se nos va apareciendo a la manera de un movimiento musical. Y todos y cada uno de estos movimientos en su devenir tiene como principio compositivo la disonancia.

Cómo no pensar en Lezama Lima cuando hablaba de la confusa flora de mi desarmonía. Pero por eso mismo hablaba de disonancia: Medo lidia con obstinado rigor con su desarmonía, sabiéndola del todo irreductible, pero logrando expresarla con intensidad, con acusada singularidad. Y es demasiado evidente que a ello se llega tras una larga etapa de aprendizaje vital y verbal. Medo, de hecho, reivindica plenamente el oficio de la poesía desde la condición del eterno aprendiz.

Quiero decirlo a la manera del Maestro Ludovico Silva: desde un punto de vista generacional este es un libro de la mayor importancia para nosotras y nosotros. Es importante y nos importa por su calidad específica y porque encarna un reto y un desafío para quienes pertenecemos a la misma generación de Maurizio Medo. Medo ejemplifica cabalmente aquella apuesta lezamiana que tiene plena vigencia: intentar siempre lo más difícil. En ese intento ha perseverado y persevera y ante ello no cabe sino la más franca admiración.




[1] Venezuela, 1965. Poeta y ensayista. En el terreno del ensayo ha publicado: epílogo a la Antología poética de Juan Sánchez Peláez publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1995; prólogo a la Obra poética de María Calcaño publicada por la Universidad del Zulia y la Sociedad Dramática de Maracaibo en 1996. Poemas suyos aparecen en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI, el turno y la transición compilada por Julio Ortega y publicada por Siglo XXI editores de México en 1997. También puede mencionarse la sección sobre Literatura Venezolana de la Enciclopedia de Venezuela publicada por la Editorial Océano en España (2000). En el año 2002 apareció una Antología Poética de Víctor Valera Mora, selección y prólogo de Gonzalo Ramírez, publicada por el Fondo Editorial Mario Briceño Iragorry del estado Trujillo. Tiene un libro de poemas publicado: Ciudad Sitiada (2006) y a finales de 2012 aparecerá en Bogotá Por Solimar. En los últimos años, ha realizado diversos prólogos para el Fondo Editorial El Perro y la Rana y para Monte Ávila Editores Latinoamericana. En distintas publicaciones, de Venezuela y de Nuestra América, han aparecido poemas y ensayos suyos. A ello hay que sumarle su frecuente participación como conferencista en Ferias del Libro, Congresos y Foros tanto dentro de Venezuela como fuera de ella. Es director de la revista de crítica cultural Día-Crítica editada por el Fondo Editorial El Perro y La Rana.
[2] Valga el siguiente comentario que va a darle cuerpo a  este cuarto fragmento: son legión quienes editan poesía de cualquier manera en el ámbito de nuestra lengua. Editan sin una pizca de cuido, de amor. Pero afortunadamente hay grandes y admirables excepciones como Ediciones Liliputenses. En este preciso sentido, quiero resaltar la impresionante calidad de esta edición. Todo el reconocimiento le es debido a José María Cumbreño por la magnífica factura de Cuando el destino dejó de ser víspera: así es como se edita poesía.